árbol

por el corazón roto, en mil centellas y rayos, por la  mano, que sostiene la tormenta, para que se tumbe, por la cabeza, que debe soportarse, por los gatos y las liebres persas, que vagan en su interior recóndito, por la moratoria indisciplinada hacia el oscuro porvenir de una puerta fuera de la pared, por la red que tejió tan hábilmente mi madre y el llanto que deposito en ella, por los poetas, por los que además actúan de parapente de dioses que no piden ni sangre, ni papeles, ni mares, ni dulces, por todos esos versos olvidados que derrama la pluma entre el tintero y la ultima letra, por aquellos que creman, castran, joden al prójimo, para que no haya moral en este poema, aunque sea, por piedad que nunca queda, ¡que alguien diga algo! que alguien deje de esconder la lengua de su canto, que brille una oración, no a los santos, a la mas alta imaginada nota ¡que alguien diga algo! para desbaratar esta monotonía de risa y lotería, que se desparramen los mejores frutos de la tierra, y que algo, solo algo, no muera.

nadie ha dicho nada

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